Coro Cervantes

Nuestro Director

Boletín Diverdi (01/11/2002)
Andrés Ruiz Tarazona

Un descubrimiento: el XIX coral español

"Más entre las naciones/que por varios caminos/del arte apuran hoy las invenciones/empleadas en cánticos divinos,/¡oh, cuánto sobresales,/antigua Iglesia hispana!» Los versos del canto tercero del poema La música (Madrid, 1779), de D. Tomás de Yriarte, fueron escritos mucho antes de las piezas contenidas en el disco que vamos a comentar, pero reflejan una realidad. El propio Yriarte da nombres en su poema, los de Patiño, Roldán, García (Fajer), Viana, Guerrero, Victoria, Ruiz (Samaniego), Morales, Literes, San Juan, Durón y Nebra. Y podría haber añadido muchos más cuya obra sacra no palidece junto a la de los autores citados.

Estamos ante un CD excepcional por todo. Por la novedad del repertorio, la importancia histórica del mismo y la calidad de la interpretación. Su portada, con el impresionante Cristo de Velázquez, sólo nos dice O Crux, Spanish Choral Music. O Crux es el título de una de las piezas, pero se contienen hasta diecinueve obras. Salvo la que va en último lugar, la Salve en el mar de Atlántida, de Manuel de Falla, son todas composiciones del siglo XIX, y sus autores van desde Fernando Sor y Juan Crisóstomo Arriaga hasta Albéniz y Granados. Lo sorprendente es que estas piezas corales de carácter sacro -y de una gran belleza la mayoría- sean prácticamente desconocidas. Once de ellas son cantadas a cappella, y las ocho restantes con acompañamiento de órgano. Las interpreta un magnífico grupo inglés, el Coro Cervantes, fundado en 1995 por Carlos Fernández Aransay, inquieto y preparadísimo maestro español, bajo los auspicios del Instituto Cervantes de Londres. Aransay ha dedicado este coro profesional a la interpretación de la música ibérica y latinoamericana, y su trabajo, a tenor de lo alcanzado en esta grabación, merece todas las ayudas y el apoyo de las instituciones iberoamericanas. Aransay -al igual que el célebre grupo The Sixteen, de Harry Christophers- cuenta en el Coro Cervantes con dieciséis voces, cuatro sopranos, cuatro contraltos, cuatro tenores y cuatro bajos. Eso permite una transparencia y una flexibilidad interpretativa que deja en el olvido las viejas lecturas con grandes coros.

Si a eso añadimos que Aransay ha sabido extraer la fuerte expresividad inherente a tantas producciones de la polifonía española, podemos decir que estamos ante un disco destinado a marcar un hito en la interpretación de la moderna polifonía española, y ello no sólo por las varias premières mundiales contenidas en él. Tiene razón Fernández Aransay cuando alude a las terribles vicisitudes que el siglo XIX trajo a las capillas musicales de catedrales y monasterios españoles. Pero el pasado, la gloriosa tradición polifónica del país, asomaba aquí y allá en músicos como Sor, cuyo depurado clasicismo, visible en su conmovedor motete O crux, ave spes unica (Madrid, 1804), le venía de su aprendizaje en la escuela montserratina de los Cererols, Martí, Viola, etc. Y también surge la tradición en el genial Arriaga, cuyo elegante clasicismo se aprecia en el O salutaris hostia, y aún más en ese retorno a la gran polifonía castellana del siglo XVI, toda emoción y sobriedad, de Vicente Goicoechea. Es el vasco uno de los hombres clave en la aplicación del Motu Proprio del Papa X (1903), a partir del Congreso Nacional de Música Sagrada (1907) de Valladolid. El congreso fue consecuencia del movimiento cecilianista europeo, el cual propugnaba un retorno al gregoriano, a la polifonía palestriniana y al órgano como instrumento por excelencia de la Iglesia.

Intenso, apasionado, es el Salmo VI del Oficio de difuntos, de Isaac Albéniz, compuesto en 1885 para una colección que se dedicó a la reina María Cristina al fallecer el rey Alfonso XII. Publicado por Jacinto Torres en 1994, vuelve a poner de actualidad al gran compositor, que no lo fue sólo de obras para piano. También está representado el siempre peculiar y poético Enrique Granados en dos piezas: una ingenua plegaria catalana tratada «en estilo gregoriano» que además es la única dentro de este disco en la que el órgano (a cargo del excelente Tansy Castledine) tiene pasajes a solo. Bellísima la Invocación a la Trinidad -un suspiro que es una joya- de don Manuel de Falla, cuya moderna y misteriosa Salve en el mar, en lengua castellana, también impresiona. Amadeo Vives enseña su talento en la hermosa melodía para soprano y coro sobre el O Salutaris, y lo propio hacen Pedrell, con dos severos ejemplos (muy delicado y expresivo el segundo, O gloriosa Virginium), y Barbieri, cuyas dos piezas a cappella denotan un hondo conocimiento de la polifonía renacentista. Su responsorio Libera me domine, de un romanticismo casi verdiano, evidencia su sentido de lo dramático y un especial cuidado en atenerse al contenido del texto.

El montañés Jesús de Monasterio, gran violinista a la par que sincero y quijotesco cristiano, nos ha dejado una serie de composiciones religiosas que en algunos casos son fruto de su amistad con doña Concepción Arenal. En cuanto al aragonés Nicolás Ledesma, tantos años al frente de la capilla de la Catedral de Santiago en Bilbao, se acoge, esta vez sí, al estilo melódico italianizante que perjudicó a tanta música religiosa del XIX, ese resabio operístico que también se aprecia en la Salve montserratina de Bretón, por otra parte muy hermosa en sus incrustaciones gregorianas.Pero eso no ocurre para nada en los motetes a cappella de Hilarión Eslava. Frente al italianizante Miserere de Sevilla, el músico navarro nos deja en O sacrum convivium la prueba más evidente de su sabiduría contrapuntística y de su irrenunciable melodismo, y en Bone pastor esa intensidad dramática que enlaza con la obra inmortal de Tomás Luis de Victoria. Enhorabuena, Coro Cervantes, por este disco, un verdadero regalo espiritual que resulta indispensable para ahondar en el conocimiento del patrimonio musical español. ¿Cuándo os podremos escuchar en Madrid?